Ya me entenderás cuando seas padre…
¿Será así? Es una sentencia muy común, y normalmente la primera vez que la escuchas ni te va ni te viene. Es la vida la que nos desbloquea ese nuevo nivel en la adultez y nos escupe a la cara alguna que otra cruda verdad. Al menos en mi caso, eso me hizo entender mucho más a mi padre.
Para mí es un genio el tipo: es encantador, muy inteligente, valiente, un excelente conversador y, además, me cae re bien. Hoy lo admiro y lo quiero mucho más. Siempre quiso enseñarme muchas cosas, no se rindió conmigo. Que mi cabeza dura no diera para mucho ya es otra historia, pero él lo intentó de buena fe.
Recuerdo perfecto la primera vez que fue un superhéroe para mí, la primerita, primerita vez que lo admiré por lo valiente que me pareció su acción. Íbamos por las orillas del pueblo mientras caía la tarde; era un camino polvoriento. No recuerdo por qué estábamos tan lejos de casa, pero justo me iba diciendo que si un día me salía otro perro y me quería morder —si me has leído alguna vez sabrás que para ese punto ya me habían atacado dos perros, un Chilaquil y el Temerario de la comadre Martina—.
Entonces me dijo muy serio:
—Lo único que tienes que hacer es quedarte quieto, quitarte el cinturón con calma, agarrarte los pantalones con una mano por obvias razones —sería muy gracioso entregarte así a las tarascadas de un pinche perro—. Y con la otra, tomar el cinto de un extremo, cuidando que la hebilla quede colgando, y empezar a agitarlo con fuerza hasta que haga mucho ruido. Al mismo tiempo, caminas hacia el perro —o los perros, pueden ser varios— y gritas para que te escuchen.
No acababa de decírmelo cuando unos pinches perrotes nos salieron al camino. Esa tarde-noche fue teoría y práctica de campo. Todo lo que me acababa de decir lo vi en acción en un segundo. Lo recuerdo como en cámara lenta: quitándose el cinto y agitándolo bien chingón. El sonido al cortar el viento no solo espantó a los perros, a mí también. Yo pude apoyar lanzando unas piedras porque no traía cinturón. El truco funcionó perfecto: los animales huyeron y nadie —ni nosotros ni los perritos— salió lastimado.
Recuerdo regresar a casa con una sonrisota por lo que acababa de pasar. Sin duda, una gran aventura con mi jefe.
Esa fue la primera, pero no la única lección de mi apá. Hay varias, un chingo de enseñanzas directas e indirectas. Como lo que viví esta semana, cuando me tocó ayudarle a mi Valentina con su trámite de acceso al bachillerato. Fue un momento que me hizo recordar la paciencia y la gran ayuda que me dio mi papá al explicarme, hace más de 30 años, todas mis opciones mientras llenaba a mano mi hojita de inscripción.
Esta vez me hizo volver a aquella tarde que tenía guardada en un rincón de mi cabeza, y fue muy lindo darme cuenta de lo valioso de esa ayuda, de esos consejos y de lo paciente que él fue conmigo. Hoy todo es digital, muy práctico, pero mi experiencia me permitió darle la misma ayuda a mi bb, hacer lo que me enseñó mi papá.
Y al final, cuando ya habíamos logrado el registro, sentí mucha nostalgia y un profundo agradecimiento con mi jefe.
Nunca me cansaré de decirlo: cuando crezca, yo quiero ser como mi papá.
Feliz cumpleaños, mi viejo. Deseo que la vida te conceda lo que te debe y que vivas muchos años más.
Como dice Lng/SHT: “Gracias por enseñarme lo que soy y lo que no quiero ser”.