jueves, 9 de abril de 2026

Ya me entenderás cuando seas padre…

Ya me entenderás cuando seas padre…
¿Será así? Es una sentencia muy común, y normalmente la primera vez que la escuchas ni te va ni te viene. Es la vida la que nos desbloquea ese nuevo nivel en la adultez y nos escupe a la cara alguna que otra cruda verdad. Al menos en mi caso, eso me hizo entender mucho más a mi padre.

Para mí es un genio el tipo: es encantador, muy inteligente, valiente, un excelente conversador y, además, me cae re bien. Hoy lo admiro y lo quiero mucho más. Siempre quiso enseñarme muchas cosas, no se rindió conmigo. Que mi cabeza dura no diera para mucho ya es otra historia, pero él lo intentó de buena fe.

Recuerdo perfecto la primera vez que fue un superhéroe para mí, la primerita, primerita vez que lo admiré por lo valiente que me pareció su acción. Íbamos por las orillas del pueblo mientras caía la tarde; era un camino polvoriento. No recuerdo por qué estábamos tan lejos de casa, pero justo me iba diciendo que si un día me salía otro perro y me quería morder —si me has leído alguna vez sabrás que para ese punto ya me habían atacado dos perros, un Chilaquil y el Temerario de la comadre Martina—.

Entonces me dijo muy serio:
—Lo único que tienes que hacer es quedarte quieto, quitarte el cinturón con calma, agarrarte los pantalones con una mano por obvias razones —sería muy gracioso entregarte así a las tarascadas de un pinche perro—. Y con la otra, tomar el cinto de un extremo, cuidando que la hebilla quede colgando, y empezar a agitarlo con fuerza hasta que haga mucho ruido. Al mismo tiempo, caminas hacia el perro —o los perros, pueden ser varios— y gritas para que te escuchen.

No acababa de decírmelo cuando unos pinches perrotes nos salieron al camino. Esa tarde-noche fue teoría y práctica de campo. Todo lo que me acababa de decir lo vi en acción en un segundo. Lo recuerdo como en cámara lenta: quitándose el cinto y agitándolo bien chingón. El sonido al cortar el viento no solo espantó a los perros, a mí también. Yo pude apoyar lanzando unas piedras porque no traía cinturón. El truco funcionó perfecto: los animales huyeron y nadie —ni nosotros ni los perritos— salió lastimado.

Recuerdo regresar a casa con una sonrisota por lo que acababa de pasar. Sin duda, una gran aventura con mi jefe.

Esa fue la primera, pero no la única lección de mi apá. Hay varias, un chingo de enseñanzas directas e indirectas. Como lo que viví esta semana, cuando me tocó ayudarle a mi Valentina con su trámite de acceso al bachillerato. Fue un momento que me hizo recordar la paciencia y la gran ayuda que me dio mi papá al explicarme, hace más de 30 años, todas mis opciones mientras llenaba a mano mi hojita de inscripción.

Esta vez me hizo volver a aquella tarde que tenía guardada en un rincón de mi cabeza, y fue muy lindo darme cuenta de lo valioso de esa ayuda, de esos consejos y de lo paciente que él fue conmigo. Hoy todo es digital, muy práctico, pero mi experiencia me permitió darle la misma ayuda a mi bb, hacer lo que me enseñó mi papá.

Y al final, cuando ya habíamos logrado el registro, sentí mucha nostalgia y un profundo agradecimiento con mi jefe.

Nunca me cansaré de decirlo: cuando crezca, yo quiero ser como mi papá.

Feliz cumpleaños, mi viejo. Deseo que la vida te conceda lo que te debe y que vivas muchos años más.
Como dice Lng/SHT: “Gracias por enseñarme lo que soy y lo que no quiero ser”.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Instrucciones para dejar ir...

Instrucciones para dejar ir…
¿Cómo soltar, cómo dejar ir y ya?
Primero que nada es tocar fondo y darse cuenta de ello. Notar que has caído es fácil; cuando ya no haya más piso para arrastrarse, ahí mero es cuando ya estuvo. Tiene que suceder así. Si no pasa, si no es clarito y todavía ves tierrita y espacio para arrastrarte un poquito más, aún no puedes soltar.
Pero no debería ser regla. Esto no está tallado en piedra. Sin embargo, no todos estamos capacitados para saber interpretar las señales y leerlas adecuadamente. Pocos tienen ese súperpoder de que a la primera —a más tardar a la segunda— dicen “bay”, sin mirar atrás, y aplican esa de “si te vi ni me acuerdo”.
Siendo realista, uno no puede ir por la vida desconfiando de todo por un mal rato que algo o alguien nos haga pasar. Al final, todos hemos tenido esos cinco minutos en donde se te queda pegado el flotador y actúas como subnormal, lastimando o haciendo sentir mal a alguien. Y eso no nos convierte automáticamente en malas personas; tan solo es señal de que somos simples seres humanos.
Y tan tan.
Era diciembre de hace algunos años. Fue pasando la Navidad cuando dio sus primeros indicios de que tal vez no debía encariñarme tanto con ella. No lo vi venir. Para mí era algo mágico, algo que había deseado durante mucho tiempo, y me sentía soñado a su ladito.
No es por tirar aceite, pero en donde quiera que se nos veía juntos robábamos miradas. Es muy probable que haya sido más por ella que por mí, pero se sintió bien chingón cada vez que eso pasó.
Una tarde llegó a mí casi por casualidad. La vi y solo pensé: sería increíble estar ahí con ella. Y de repente ya teníamos nuestra primera cita. La ciudad se me hizo chiquita para todo lo que quería recorrer a su lado.
A partir de ese instante, y por varios meses, todo fue espectacular… hasta una tarde de sábado en la que habíamos planeado un viaje de parejas a la playa. La vacación perfecta: un paseo largo por carretera, música, botanas, todo sin prisa. Un deseo que se iba a hacer realidad. Caminar por la orillita del mar con el atardecer de fondo, calma y todo lo que eso conlleva.
Pero ella tenía otros planes.
Solo dijo: “Pues no, mi ciela”
y decidió dejarnos a media carretera.
De cualquier forma, el viaje se hizo. No como lo había pensado, pero lo disfruté un chingo aun sin ella. Solo pensé que su ausencia ya sería problema para después. Hoy, con los años, sin el coraje, con más madurez y mejor inteligencia emocional, puedo decir que ese ha sido el mejor fin de año que he vivido: una fogata, cena improvisada, rodeado de extraños y a la orilla del mar. Algo que jamás he vuelto a experimentar.
La vacación terminó y la cruda realidad me respiraba en la nuca. Por un lado no quería llegar, no quería verla; pero al mismo tiempo algo me impulsaba a hacerlo. La neta es que, en el fondo, yo la necesitaba. Quería arreglar lo que yo no rompí.
Buscamos ayuda en muchos lados. No fue fácil. Hubo muchas opiniones y señales claras de que ya era momento de soltar, pero no las quise ver. Después de tantas vueltas, creí estar ante la solución. Me hizo confiar de nuevo y darle una oportunidad más.
Nos dejamos tantito, con el compromiso de estar bien y de volver. Le di su espacio y su tiempo. Breve, pero se lo di. Y de repente, un día, volvimos a brillar bien chingón.
La ciudad volvió a sentirse chiquita. Yo no cabía en mí con ella a mi lado. Y, en cierto modo, me encantaba su manera de robar miradas, envuelta en ese color azul que la volvía etérea, sublime e inalcanzable para todos… menos para mí.
Poco a poco regresaron los planes, las salidas, las citas. La confianza para ir cada vez más lejitos. Pisar a fondo y dejarme ir, que vida solo hay una.
Surgió la invitación a una boda, muy lejitos. Antes de cualquier cosa pensé en ella. En llevarla, en presumirla en un viaje de fin de semana lleno de planes. Nos compramos garritas para la ocasión, vimos hoteles y paseos. Quemé un disco con rolas bien chingonas para el viaje. Esa semana previa se me hizo eteeeeeeeeerna de la ansiedad por ya estar juntos en carretera.
Por fin se dio. Todo a tiempo. En camino, con mucha ilusión.
—Paramos tantito pasando la caseta.
—No vayas tan rápido.
—Esa canción me gusta, súbele.
Hasta que volvió ese maldito ruido que todo lo bastardea.
Y de la nada, seco y contundente: aquí me quedo.
Ella decidió quedarse en el camino, a nada de llegar a la fiesta.
¿Por qué otra vez en carretera? Fuimos a un chingo de lugares no tan lejanos. Bien pudo hacer su drama cuando íbamos al súper, a las tortillas, hasta al trabajo. Nunca entenderé esas ganas de ponerse difícil lejos de casa, desmadrando un plan tan chingón.
Como en la playa, no pude hacer nada. Tampoco tenía cabeza para buscar una solución. Solo había dos caminos: llegar sin ella o no llegar. No pude dejarla ahí. La regresé con bien.
Aún con el mundo encima, todavía me quedaban ganitas de ir a la boda. Pero todo se puso peor, como si algo lo estuviera impidiendo a gritos. Al final, una vez más —el mismo día, casi en el mismo lugar donde horas antes se me rajó— me tuve que regresar del camino.
Esta vez busqué ayuda, pero ya no con la misma desesperación. Fue más un trámite. Como si me doliera el tiempo invertido y lo gastado, y solo por eso intentara salvar lo poco que quedaba.
Sí, regresamos. Sí, otra vez todo. Pero yo ya estaba esperando el siguiente estrellón. Y de alguna manera pasó. Fue dramático, fuerte, desgastante. Ella como si nada. El daño alrededor fue brutal.
Esa fue la última que le aguanté.
Después de esa sacudida me di cuenta de todo lo que se me estaba yendo. Que el tiempo iba a seguir dándole a fondo y yo iba a seguir ahí, en lo mismo. Siendo honesto, ese último frentazo fue mi culpa. Me distraje en algo sin importancia. Tal vez no fue lo mejor, pero tenía que pasar.
Ese fue el empujón final para dejarla ir.
Como dice Eddie Vedder en Black —que debió llamarse Blue para encajar mucho mejor en este relato—, y eso tomé como consuelo:
“Sé que será una estrella en el cielo de alguien más.”
Pero muchas veces me pregunté lo mismo que él:
¿por qué no pudo ser en el mío?
Sobre todo la última vez que la vi.
Cuando por fin solté y la dejé ir.
Cuando se alejó envuelta en ese azul tan suyo, rodando hasta hacerse pequeñita en la avenida, volviéndose etérea, sublime e inalcanzable para todos…
y ahora también para mí.
No fue un alguien.
Fue un algo, sin alma; sin lealtad ni sentimientos.
Era una Tracker 1995 azul chiclamino.
Y aun así, me costó dejarla ir.
Como diría Albert Camus:
“No ser amado puede ser una simple desventura; la verdadera desgracia es no saber amar”

En el fondo tal vez no estaba hablando de un auto o de una camioneta, al menos no de una en particular...
Como me decía Lalo mi mecánico:“Los fierros no tienen palabra” y francamente creo que algunas personas tampoco.