jueves, 9 de abril de 2026

Ya me entenderás cuando seas padre…

Ya me entenderás cuando seas padre…
¿Será así? Es una sentencia muy común, y normalmente la primera vez que la escuchas ni te va ni te viene. Es la vida la que nos desbloquea ese nuevo nivel en la adultez y nos escupe a la cara alguna que otra cruda verdad. Al menos en mi caso, eso me hizo entender mucho más a mi padre.

Para mí es un genio el tipo: es encantador, muy inteligente, valiente, un excelente conversador y, además, me cae re bien. Hoy lo admiro y lo quiero mucho más. Siempre quiso enseñarme muchas cosas, no se rindió conmigo. Que mi cabeza dura no diera para mucho ya es otra historia, pero él lo intentó de buena fe.

Recuerdo perfecto la primera vez que fue un superhéroe para mí, la primerita, primerita vez que lo admiré por lo valiente que me pareció su acción. Íbamos por las orillas del pueblo mientras caía la tarde; era un camino polvoriento. No recuerdo por qué estábamos tan lejos de casa, pero justo me iba diciendo que si un día me salía otro perro y me quería morder —si me has leído alguna vez sabrás que para ese punto ya me habían atacado dos perros, un Chilaquil y el Temerario de la comadre Martina—.

Entonces me dijo muy serio:
—Lo único que tienes que hacer es quedarte quieto, quitarte el cinturón con calma, agarrarte los pantalones con una mano por obvias razones —sería muy gracioso entregarte así a las tarascadas de un pinche perro—. Y con la otra, tomar el cinto de un extremo, cuidando que la hebilla quede colgando, y empezar a agitarlo con fuerza hasta que haga mucho ruido. Al mismo tiempo, caminas hacia el perro —o los perros, pueden ser varios— y gritas para que te escuchen.

No acababa de decírmelo cuando unos pinches perrotes nos salieron al camino. Esa tarde-noche fue teoría y práctica de campo. Todo lo que me acababa de decir lo vi en acción en un segundo. Lo recuerdo como en cámara lenta: quitándose el cinto y agitándolo bien chingón. El sonido al cortar el viento no solo espantó a los perros, a mí también. Yo pude apoyar lanzando unas piedras porque no traía cinturón. El truco funcionó perfecto: los animales huyeron y nadie —ni nosotros ni los perritos— salió lastimado.

Recuerdo regresar a casa con una sonrisota por lo que acababa de pasar. Sin duda, una gran aventura con mi jefe.

Esa fue la primera, pero no la única lección de mi apá. Hay varias, un chingo de enseñanzas directas e indirectas. Como lo que viví esta semana, cuando me tocó ayudarle a mi Valentina con su trámite de acceso al bachillerato. Fue un momento que me hizo recordar la paciencia y la gran ayuda que me dio mi papá al explicarme, hace más de 30 años, todas mis opciones mientras llenaba a mano mi hojita de inscripción.

Esta vez me hizo volver a aquella tarde que tenía guardada en un rincón de mi cabeza, y fue muy lindo darme cuenta de lo valioso de esa ayuda, de esos consejos y de lo paciente que él fue conmigo. Hoy todo es digital, muy práctico, pero mi experiencia me permitió darle la misma ayuda a mi bb, hacer lo que me enseñó mi papá.

Y al final, cuando ya habíamos logrado el registro, sentí mucha nostalgia y un profundo agradecimiento con mi jefe.

Nunca me cansaré de decirlo: cuando crezca, yo quiero ser como mi papá.

Feliz cumpleaños, mi viejo. Deseo que la vida te conceda lo que te debe y que vivas muchos años más.
Como dice Lng/SHT: “Gracias por enseñarme lo que soy y lo que no quiero ser”.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Instrucciones para dejar ir...

Instrucciones para dejar ir…
¿Cómo soltar, cómo dejar ir y ya?
Primero que nada es tocar fondo y darse cuenta de ello. Notar que has caído es fácil; cuando ya no haya más piso para arrastrarse, ahí mero es cuando ya estuvo. Tiene que suceder así. Si no pasa, si no es clarito y todavía ves tierrita y espacio para arrastrarte un poquito más, aún no puedes soltar.
Pero no debería ser regla. Esto no está tallado en piedra. Sin embargo, no todos estamos capacitados para saber interpretar las señales y leerlas adecuadamente. Pocos tienen ese súperpoder de que a la primera —a más tardar a la segunda— dicen “bay”, sin mirar atrás, y aplican esa de “si te vi ni me acuerdo”.
Siendo realista, uno no puede ir por la vida desconfiando de todo por un mal rato que algo o alguien nos haga pasar. Al final, todos hemos tenido esos cinco minutos en donde se te queda pegado el flotador y actúas como subnormal, lastimando o haciendo sentir mal a alguien. Y eso no nos convierte automáticamente en malas personas; tan solo es señal de que somos simples seres humanos.
Y tan tan.
Era diciembre de hace algunos años. Fue pasando la Navidad cuando dio sus primeros indicios de que tal vez no debía encariñarme tanto con ella. No lo vi venir. Para mí era algo mágico, algo que había deseado durante mucho tiempo, y me sentía soñado a su ladito.
No es por tirar aceite, pero en donde quiera que se nos veía juntos robábamos miradas. Es muy probable que haya sido más por ella que por mí, pero se sintió bien chingón cada vez que eso pasó.
Una tarde llegó a mí casi por casualidad. La vi y solo pensé: sería increíble estar ahí con ella. Y de repente ya teníamos nuestra primera cita. La ciudad se me hizo chiquita para todo lo que quería recorrer a su lado.
A partir de ese instante, y por varios meses, todo fue espectacular… hasta una tarde de sábado en la que habíamos planeado un viaje de parejas a la playa. La vacación perfecta: un paseo largo por carretera, música, botanas, todo sin prisa. Un deseo que se iba a hacer realidad. Caminar por la orillita del mar con el atardecer de fondo, calma y todo lo que eso conlleva.
Pero ella tenía otros planes.
Solo dijo: “Pues no, mi ciela”
y decidió dejarnos a media carretera.
De cualquier forma, el viaje se hizo. No como lo había pensado, pero lo disfruté un chingo aun sin ella. Solo pensé que su ausencia ya sería problema para después. Hoy, con los años, sin el coraje, con más madurez y mejor inteligencia emocional, puedo decir que ese ha sido el mejor fin de año que he vivido: una fogata, cena improvisada, rodeado de extraños y a la orilla del mar. Algo que jamás he vuelto a experimentar.
La vacación terminó y la cruda realidad me respiraba en la nuca. Por un lado no quería llegar, no quería verla; pero al mismo tiempo algo me impulsaba a hacerlo. La neta es que, en el fondo, yo la necesitaba. Quería arreglar lo que yo no rompí.
Buscamos ayuda en muchos lados. No fue fácil. Hubo muchas opiniones y señales claras de que ya era momento de soltar, pero no las quise ver. Después de tantas vueltas, creí estar ante la solución. Me hizo confiar de nuevo y darle una oportunidad más.
Nos dejamos tantito, con el compromiso de estar bien y de volver. Le di su espacio y su tiempo. Breve, pero se lo di. Y de repente, un día, volvimos a brillar bien chingón.
La ciudad volvió a sentirse chiquita. Yo no cabía en mí con ella a mi lado. Y, en cierto modo, me encantaba su manera de robar miradas, envuelta en ese color azul que la volvía etérea, sublime e inalcanzable para todos… menos para mí.
Poco a poco regresaron los planes, las salidas, las citas. La confianza para ir cada vez más lejitos. Pisar a fondo y dejarme ir, que vida solo hay una.
Surgió la invitación a una boda, muy lejitos. Antes de cualquier cosa pensé en ella. En llevarla, en presumirla en un viaje de fin de semana lleno de planes. Nos compramos garritas para la ocasión, vimos hoteles y paseos. Quemé un disco con rolas bien chingonas para el viaje. Esa semana previa se me hizo eteeeeeeeeerna de la ansiedad por ya estar juntos en carretera.
Por fin se dio. Todo a tiempo. En camino, con mucha ilusión.
—Paramos tantito pasando la caseta.
—No vayas tan rápido.
—Esa canción me gusta, súbele.
Hasta que volvió ese maldito ruido que todo lo bastardea.
Y de la nada, seco y contundente: aquí me quedo.
Ella decidió quedarse en el camino, a nada de llegar a la fiesta.
¿Por qué otra vez en carretera? Fuimos a un chingo de lugares no tan lejanos. Bien pudo hacer su drama cuando íbamos al súper, a las tortillas, hasta al trabajo. Nunca entenderé esas ganas de ponerse difícil lejos de casa, desmadrando un plan tan chingón.
Como en la playa, no pude hacer nada. Tampoco tenía cabeza para buscar una solución. Solo había dos caminos: llegar sin ella o no llegar. No pude dejarla ahí. La regresé con bien.
Aún con el mundo encima, todavía me quedaban ganitas de ir a la boda. Pero todo se puso peor, como si algo lo estuviera impidiendo a gritos. Al final, una vez más —el mismo día, casi en el mismo lugar donde horas antes se me rajó— me tuve que regresar del camino.
Esta vez busqué ayuda, pero ya no con la misma desesperación. Fue más un trámite. Como si me doliera el tiempo invertido y lo gastado, y solo por eso intentara salvar lo poco que quedaba.
Sí, regresamos. Sí, otra vez todo. Pero yo ya estaba esperando el siguiente estrellón. Y de alguna manera pasó. Fue dramático, fuerte, desgastante. Ella como si nada. El daño alrededor fue brutal.
Esa fue la última que le aguanté.
Después de esa sacudida me di cuenta de todo lo que se me estaba yendo. Que el tiempo iba a seguir dándole a fondo y yo iba a seguir ahí, en lo mismo. Siendo honesto, ese último frentazo fue mi culpa. Me distraje en algo sin importancia. Tal vez no fue lo mejor, pero tenía que pasar.
Ese fue el empujón final para dejarla ir.
Como dice Eddie Vedder en Black —que debió llamarse Blue para encajar mucho mejor en este relato—, y eso tomé como consuelo:
“Sé que será una estrella en el cielo de alguien más.”
Pero muchas veces me pregunté lo mismo que él:
¿por qué no pudo ser en el mío?
Sobre todo la última vez que la vi.
Cuando por fin solté y la dejé ir.
Cuando se alejó envuelta en ese azul tan suyo, rodando hasta hacerse pequeñita en la avenida, volviéndose etérea, sublime e inalcanzable para todos…
y ahora también para mí.
No fue un alguien.
Fue un algo, sin alma; sin lealtad ni sentimientos.
Era una Tracker 1995 azul chiclamino.
Y aun así, me costó dejarla ir.
Como diría Albert Camus:
“No ser amado puede ser una simple desventura; la verdadera desgracia es no saber amar”

En el fondo tal vez no estaba hablando de un auto o de una camioneta, al menos no de una en particular...
Como me decía Lalo mi mecánico:“Los fierros no tienen palabra” y francamente creo que algunas personas tampoco.



































miércoles, 2 de julio de 2025

Posadas OXXO “All inclusive”

3:40 a. m., lo supe porque revisé el reloj, pero principalmente porque alguien me despertó, fue suficiente una leve sacudida en el hombro y paré de roncar, cuando despegué mis pestañas vi a un joven vestido de uniforme color naranja con amarillo, amablemente pero directo, estiró la mano y me dio un paquete de papel higiénico de cuatro rollos y me dijo: “Estos son los mejores para descansar la cabeza si te quedas dormido en la banca de una tienda de 24 horas”. ¿Cómo chingados llegué aquí? ¿Y por qué en lugar de estar en mi cama, estoy en una banca más dura que las piedras? ¡Ah, sí, ya recordé! Básicamente es por caliente, sí, así es, ¡fue por caliente! Tomando en cuenta mi poca, casi nula experiencia sexual, creí que podría pasar una noche muy ardiente, muy chingona y tener sexo desenfrenado con una chica y que, además, sería fantástico.
Lo del amanecer en un OXXO se lo debo realmente a mi buena suerte, pude haber pasado la noche deambulando en las fauces oscuras peligrosas e inciertas de esta ciudad o bajo un puente, o en un parque, o sepa Dios con sus caprichos. Realmente si no cogí esa noche no fue por mi inexperiencia, sino porque creo que el karma instantáneo y las buenas costumbres de las familias estaban atentas e hicieron una muy buena chamba esa madrugada.

Por aquellos días yo tenía una linda novia, amable y compresiva, de sentimientos muy nobles, se preguntarán: ¿qué buscaba yo con otra mujer? —Si regresan al segundo párrafo, justo al principio, ahí lo dice claro—. Pues bien, a la otra chica la conocí un miércoles cualquiera, ambos hacíamos fila en un módulo para tramitar la identificación para votar, necesitaba ese plástico para poder ir de fiesta sin la necesidad de sobornar a nadie y para dejar de causar molestias a mis amigos, es muy denigrante ser el tipo que acaba con la fiesta antes de que esta siquiera comience, varias veces nos regresamos porque yo no tenía cómo comprobar que era mayor de edad, obvio eso implicaba desde burlas hasta insultos e improperios varios, que está de más detallar.

Volviendo a la fila para tramitar mi identificación, era muy larga, varias veces estuve a punto de claudicar, pero me mantuve en ella, después de varios minutos con el sol a plomo y harto de esperar en un descuido cayeron de mi mano los documentos que debía entregar para realizar el trámite, y ahí estaba ella, muy hermosa, con un vestido corto, sandalias doradas, una piel color canela pasión increíble; con unos ojos verdes realmente muy verdes, fue muy amable, me ayudó levantando las hojas regadas, las sacudió y las puso en mis manos, me atrapó su linda cara y ahí se chingó la cosa, antes de este incidente yo no sabía que ella existía, nunca me percaté de su presencia detrás de mí, en fin, comenzamos una plática agradable, muy amena, le agradezco que las dos horas siguientes antes de ser atendidos se fueran muy rápido. El proceso pasó, la foto, la firma, la entrevista, etc. Me pidió que no me fuera, que al finalizar el trámite nos esperáramos. Así lo hice, al salir del módulo me buscó entre la gente, estaba radiante, se acercó lo suficiente y con una sonrisa enorme e hipnótica me dijo: “Qué chingón que te esperaste”, seguimos la plática, empatamos casi al instante, me enteré dónde vivía, qué estudiaba, hermanos, música y comida favorita, hubo muchas preguntas, pero la obligada de ambos fue para indagar la existencia de algún novio o novia, aunque no se crea, yo no negué nunca que tenía una relación, ella en cambio dijo que estaba libre como el viento y feliz, que recién salía de un noviazgo tormentoso. Casi sin darme cuenta la acompañé hasta su casa, ahí nos despedimos, intercambiamos teléfonos —de casa, antes no era tan pinche común el celular—. 

Aún no llegaba bien a mi casa y ya me estaba llamando, cuando atendí dijo que creyó por un momento que le había dado un número falso, agradeció la plática en el módulo de trámites, la compañía, reafirmó que le caí muy bien y me invitó a una fiesta para el fin de semana, pero aclaró de manera categórica y muy enérgica que no aceptaría un no como respuesta y especificó que me esperaría en su casa el viernes a las 8:30 p. m. 7:00 a. m., llegó el viernes, y yo con él, puntual a la clase en la universidad, mis labores escolares pasaron como debían pasar, 3:00 p. m., no he cometido nada indebido, y me sentía algo extraño, al final, mi cita de la noche solo me invitó a una fiesta, pero por obvias razones no le platiqué nada a mi novia, seguro estoy de que, si a ella le hubiera pasado esto y me lo cuenta, se la armo de súper pedo. 3:15 p. m., me despedí de mi novia, de mis amigos y a casa, nada de ir a algún tugurio de mala muerte o a comprar caguamas y beber atrás del taller de serigrafía —una bonita tradición de aquellos tiempos, en realidad podía ser cualquier día de la semana, pero los viernes era mucho más común porque adquiría un tono de ritual—.  Tenía el pretexto exacto para no quedarme más tiempo, yo asistía a un curso los sábados por la mañana, argumenté tener mucha tarea y un examen, por lo que la despedida fue rápida. Un camino largo y tedioso me esperaba, poco más de una hora y media hasta mi casa; 4:54 p. m., entraba directo a la cocina buscando comer algo, después hacer la tarea de mi curso y alistarme para la cita, ya estaba emocionado y me emocioné más cuando mi recién conocida amiga me marcó para confirmar que iría con ella, yo tenía unas dudas, pues no estaba claro si la fiesta sería en su casa, a lo que contestó que no, que sería donde su mejor amiga, pero remató con algo muy pero muy inquietante; me dijo que no me preocupara por el regreso, pues prometió que después del festejo podría quedarme en su casa, en su habitación, y todo esto con un tonito muy coqueto y seductor que no fue difícil terminar de convencerme.

Los siguientes instantes pasaron más lento que la fila en la que estaba antes de conocerla, honestamente se me hacía tarde para llegar con ella, imaginaba cómo y qué haríamos estando solitos, inventé a mis padres que saldría con mis amigos y que me quedaría en casa de uno de ellos y no hubo mayor problema. 8:30 p. m., estaba tocando el timbre en casa de Carolina justo a la hora acordada, ella aún se estaba arreglando, su mamá y su hermana me invitaron a pasar, la casa era pequeña pero muy agradable, con una decoración sencilla pero de buen gusto, paredes blancas relucientes, en unos pasos estaba en la sala, los sillones eran de color negro muy cómodos, me senté y justamente observé a Carolina, ella salía corriendo de una habitación que supuse era el baño, aún envuelta en una toalla y su cabello también —¿por qué les encanta hacer esperar? ¿Es esto una especie de deporte extremo? ¿Es parte de un ritual de apareamiento o una prueba? A mí francamente se me hace una falta de respeto—. Caro se dirigió hacia el fondo donde había unas escaleras de madera y debajo de estas su habitación, ¡así es!, su habitación estaba debajo de unas escaleras. A las 8:35 p. m., hora en que lo supe, esa indignación porque no estuviera lista para la cita ya me era totalmente intramuscular, ya se había desvanecido y en su lugar se posicionó de mí esa condición de cavernícola que me anunciaban un futuro muy alentador en la bola de cristal que para ese momento era mi imaginación, podía adivinar que la habitación de sus papás y de su hermana estaban en la planta alta de la casa, justo al final de esas benditas escaleras. 

Carito, muy hermosa, apareció después de unos minutos, bárbara, tremenda, etérea, sublime, inalcanzable y empoderada en unos pantalones blancos ajustados, ¡qué manera de caber en esos pantalones! Eran algo transparentes y dejaban apreciar muy bien la forma de su cuerpo, la piel de sus hombros descubiertos en ese tono de color canela pasión tan característico de ella se veía más brillante con una blusa azul de motitas blancas, un escote de holanes y encaje que terminó por desbaratar mi cordura, me saludó amable y coqueta asumió que yo me había presentado ya con su familia y sin decir más nos fuimos a la fiesta. 9:15 p. m y un par de colonias más adelante de la casa de mi nueva amiga, estaba lo que ella llamó “la fiesta”, en realidad lo que sucedía es que su mejor amiga estaba celebrando su embarazo, era una reunión familiar justo para dar la noticia, en la mesa de la casa había pollo frito de un coronel muy famoso con nombre de ciudad estadounidense, complementos y cervezas para compartir, Carolina pasó un buen rato platicando con la futura madre, yo cené algo y bebí poco, me preocupaba y me ocupaba mantener la imagen que daría más tarde en la habitación debajo de las escaleras. Después de unas cervezas Carito tomó mi mano y me acercó a ella, supuse que hablaba de mí con su amiga por las risas y comentarios en voz baja, me miró y me besó, fue algo agradable y lindo para ser la primera vez, después vinieron más y más besos, mucho más intensos y cálidos, en un instante me apartó hacía un balcón y con las luces titilantes de la oscura ciudad justo con un poco de viento en nuestras caras ella me preguntó: “¿Qué somos?”. Me quedé mudo, pues hasta entonces mi novia no se había aparecido en mi conciencia y fue hasta que lanzó como balazo su pregunta cuando recordé mi relación, yo dije bien seguro y muy macho empoderado que no sabía qué éramos pero que me gustaba estar así sin ponerle etiqueta ni nombre, al menos por el momento, mis palabras creo que la ofendieron e hizo un pequeño pero bastante incómodo drama; logré calmarla y entendió mi situación, o al menos eso me hizo creer por los besos que siguieron a ese momento.

Cuando menos lo imaginaba, escuché de sus traviesos labios la frase esperada: “En cuanto quieras nos vamos”, ella aún no terminaba de decir la última palabra de esa oración tan anhelada y yo ya estaba queriendo irnos, inmediatamente nos despedimos y casi sin darme cuenta ya estábamos en camino. 11:50 p. m., llegamos a la puerta de su casa, me dijo: “Espera aquí, avisaré que ya llegué”, me dejó otro beso con mordida y subió a prisa con ese pantalón blanco tan provocativo, me dejó con los nervios y las ganas hechos un desmadre. 11:52 p. m., revisión y auto exploración de puntos de seguridad: peinado, aliento, condones, todo en su lugar y sin novedades, nervios y ganas, malditas ganas a tope. Carito apareció después de unos minutos, sin decir mucho más de lo necesario y con una cara algo triste me despidió. 11:58 p. m., estaba cerrando la puerta en mi cara, al fondo escuché la voz de su papá algo enérgico y determinado que preguntaba si ya me había ido.

Ahí estaba yo, a la mitad de su colonia, una colonia desconocida, sola, sin un gramo de amabilidad de mi Caro para haberme llamado un taxi, exiliado caminé hacía la entrada principal del fraccionamiento, lo primero que se me ocurrió fue esperar un taxi de los que iban apareciendo en el camino cegándome con sus luces, dejaban a los residentes, creo que mi expresión desencajada les hacía acelerar en cuanto me acercaba pidiendo el servicio. Sin exagerar, me senté en la banqueta junto a un poste con una luminaria medio desgastada y titilante, ya no había opciones ni nada, solo nervios y ese sabor amargo en la garganta cuando hay mucha incertidumbre y temor, comencé la noche bien león listo para coger y dar un super show bajo esas escaleras; en cambio, en ese instante lo único que quería coger era un puto taxi e irme a casa.

Después de muchos intentos fallidos de conseguir transporte me dirigí más derrotado y más resignado a un OXXO que estaba a la vuelta, compré un café y me senté a esperar o más bien fingí esperar qué hacer, el plan se iba dando conforme avanzaban las acciones, ese vasito de café me duró un muy buen rato, al cabo del cual el dependiente se acercó y me preguntó si estaba bien, ¿qué le debía decir?, ¿“soy un perdedor, se me escapó viva la paloma y no tengo cómo irme a mi casa”?, no dije nada, su atención fue muy amable, dije que esperaba a alguien que había quedado en pasar por mí, y entonces dijo algo que nunca contemplé en mí improvisado plan, el joven ofreció su teléfono para que llamara y fueran por mí a esa tienda, ¿quién hace eso?, le tomé la palabra y fingí que hacía una llamada y que nadie contestaba, me dijo que en el fraccionamiento había cuatro OXXOS, que tal vez ese era el problema e insistió en que indicara que era el de la segunda sección, que marcara las veces que fuera necesario. Obviamente no le podía hablar a mis padres, en primera, no tenían forma de ir por mí, y en segunda, me golpearían hasta que salpicara sangre y después yo tendría que limpiar, la realidad es que no tenía a nadie a quien llamar para pedir ese tipo de ayuda.

Espero realmente que cuando tenga una emergencia y requiera un teléfono alguien me lo pueda facilitar cómo aquella noche. Fielmente creo que el encargado se dio cuenta de mi desgracia y simplemente se apiadó de mí con un poco de pena ajena, ya que supo que nadie iría a buscarme, y ya no insistió, compré un café más y regresé a mi banquita. 2:00 a. m., todo parecía tranquilo, unos cuantos borrachos y tercos, nada extraordinario, hasta que hizo su aparición una horda de mal vivientes saqueando el establecimiento en una forma sistemática, unos cuantos se formaron en línea de cajas, la mayoría se disipó por los pasillos; vi cómo tomaban cervezas y todo tipo de bebidas y las escondían entre chamarras largas, lo mismo con botanas y lo que se pudiera, mi amigo el dependiente no podía hacer nada ante tal situación, intentó detenerlos y cobrar, pero en minutos ya se habían retirado en un par de autos sin placas, mientras esto pasaba él ya había hecho el llamado a la policía con un botón de pánico, los oficiales llegaron solo para escucharlo, pedirle que cerrara y solo atendiera por la clásica ventanita, ya que estos delincuentes traían racha, pues en las otras tiendas del fraccionamiento habían pasado a surtir su fiesta con la misma dinámica. ¡Qué pinche consuelo! Siendo honesto, esa situación me pegó un buen susto, entre tanto yo creí que mi ángel protector de la noche me botaría a la chingada, no fue así, pues me quedé dormido y solo me despertó para hacer menos incómodo mi sueño con un paquete de papel higiénico que usé como almohada, mismo que cuando amaneció compré como souvenir junto con otro café, este tipo de tiendas han evolucionado tan chingón y tal vez esto sea una idea millonaria, que entre tantos servicios con los que ahora cuentan un hospedaje de emergencia “all inclusive” no suene tan mal; en fin, agradecí infinitamente a mi amigo el hospedaje y me despedí.

Clareaba y caminaba hasta casa, para nada es lo mismo el aspecto de la ciudad cubierta de oscuridad que con los primeros rayos de sol, no es que los peligros se oculten con la luz del día, pero por alguna razón ya no te sientes tan desamparado, hay mucha más gente recién bañadita y oliendo a limpio, y eso siempre da confianza. 6:30 a. m., llegué con mi almohada improvisada a casa, era muy buena hora, quedé bien con mis padres, pues estaba a tiempo para ir a mi curso.

De Carolina no supe mucho más, francamente no quise ni buscarla, estaba herido en mi orgullo, alguna vez habló para pedir disculpas, no recuerdo si le conté mi aventura, como sea, tal vez me lo tenía merecido por andar de caliente, aquí entre nos, lo que más me ardió es que esa noche frente a sus escaleras no tuvo el valor de desafiar el mandato de su padre, yo sabía muy bien cómo guardar silencio.




sábado, 24 de mayo de 2025

¿Has hablado contigo de la muerte?

"Tampoco jugaré a ser una persona feliz, porque lo soy a ratos perdidos. Pero a veces, caminando por la calle, siento una racha de felicidad, y trato de no indagar la razón; porque si lo hago, comprobaré con harta facilidad que me sobran motivos de desventura. Mejor es aceptar con humildad, esos dones secretos".


~ Jorge Luis Borges


Qué difícil e incongruente fue leer y escuchar “que descanse en paz”. Simplemente no tiene sentido. Estoy seguro de que él aún no se cansaba, ni tiempo le dio de eso; tenía una pila interminable, transmitía buena vibra y era muy respetuoso. Me gusta que mis sobrinos me llamen por mi nombre, y con él nunca logré que me dejara de decir “tío”. Es de casa eso. Sus hermanitas tampoco cedieron a mi petición. Soy su tío...

Ahí, en el cementerio donde están nuestros muertos, donde no estará sin compañía, solo le dije: “ve en paz”. Me gusta pensar que toda esa energía, esa juventud y disponibilidad eran requeridas en el más allá. ¿Quién no querría la ayuda de un tipazo como él?
Nunca se lo dije, pero él tenía un lugar en mi corazón un poquito más especial que todos mis sobrinos. El vato había estudiado lo mismo que yo, hablábamos de lo mismo y nos entendimos en un mismo lenguaje: el de los monitos y los diseños. Y tenía un chingo de talento. Ganó un concurso de diseño para unos encendedores y me sentí orgulloso de presumirlo. Nunca le dije que, aunque fuera por poquito, él era mi sobrino más favorito... pero estoy seguro de que ya lo sabe.

¿Has hablado contigo de la muerte? ¿Le temes? ¿Qué piensas que habrá después de desuscribirse de esta plataforma de series y películas llamada “vida”?

Yo sí lo he hecho. No es que me quiera desuscribir, pues me gusta pensar que aún le faltan temporadas a mi bioserie, pero eso no depende de nadie que conozca como para pedir una extensión de contrato o algo parecido. Simplemente sé que pasará y ya...
Tengo temores al respecto. No me gustan los cementerios. No quisiera uno para mí. Quisiera que mis órganos fueran vida de nuevo. Después, abrazar el fuego y ser para el viento y para el mar. Quisiera ser semilla y sombra de un árbol. Sé que no es su responsabilidad, pero ya se lo platiqué a quienes seguro sabrán qué hacer y que no hacer cuando se cancele mi serie.

Una vez escuché que a la muerte hay que invitarle un café de vez en cuando. Ya no le temo como antes, cuando no creía en un ser superior, creador de todo lo que se ve y de lo que no se ve. Mientras más me alejé de esa posibilidad, buscando respuestas lógicas, más me di cuenta de la perfección de la vida… y que no puede ser obra de una simple casualidad. Es más una obra maestra de un poderoso diseñador. Es una causalidad.

Puede parecer que hay una falla en ese diseño. ¿Cómo puede ser que algo sea tan fuerte y tan frágil al mismo tiempo? Y tampoco puedo explicarlo o entenderlo, pero así es de maravillosa la vida: frágil como una preciosa figura de cristal, y al mismo tiempo aferrada y poderosa como un acorazado inundible...

Sigo creyendo, con más fuerza, que la vida ni se crea ni se destruye: solo se transforma. Un día el universo colapsará de tanto expandirse y volverá a comenzar de nuevo, y entonces nuestras partículas serán libres, etéreas. Estoy seguro de que se agruparán en alguna estrella masiva, enorme y brillante, como tal vez siempre lo fuimos.

Mientras pasa, deseo que trasciendas en paz, mi Chris. Ve en paz...






jueves, 15 de mayo de 2025

El mejor maestro.

Es muy común encontrarse —o saber— de familias en las que la mayoría de sus integrantes comparten una misma profesión. A veces por costumbre, otras por admiración, incluso por casualidad… pero muchas tantas porque así toca, y ya.

Así como hay familias de abogados o médicos, a mí me tocó una familia de profesores. Excelentes profesores: tíos, tías, mi hermana y mi papá, que dicho sea de paso, aparte de ser mi maestro de vida, fue mi maestro de matemáticas en la secundaria. De hecho, lo poco que aprendí de números se lo debo a él.

Tengo muchas historias de mi padre siendo mi maestro —esa dualidad fue muy extraña—. Me llevaría un buen rato escribirlas, pues fueron dos ciclos en los que me dio clases. Puedo decir que recibí miles de propuestas de algunos de sus alumnos para cambiar calificaciones finales, o para que intentara persuadirlo de no reprobarlos. Todo esto a cambio de dinero. Jamás lo hice. Eso era suicidio. Mi papá tenía todo en la mente: podía perder sus listas y no pasaba nada.

De lo más destacable que recuerdo fue un día en que llegué tarde a su clase. Pero también… ¿a quién se le ocurre poner matemáticas después del descanso? Me atreví a llegar tarde porque me confié. Nunca creí que me negaría el acceso. Es mi papá, pensé. Por diez minutos no pasa nada.

Solo que estaba omitiendo una pequeña aclaración que él hizo al respecto el primer día de clases. Recuerdo que —palabras más, palabras menos— dijo:
“Como algunos de ustedes saben, en esta clase está mi hijo. Pues bien, este hecho no cambia en absoluto mi comportamiento: él es y será un alumno más. No hay privilegios ni consideraciones especiales.”

Entonces, esa mañana llegué bien fresco a la clase, me pasé como si nada y solo escuché un fuerte:
—¿A dónde?

Me puse nervioso. Me sentí observado. Y sí… todos mis compañeros habían volcado sus miradas hacia mí. Solo pude ver que me señalaba su reloj, y entendí perfecto que no podía entrar.

Al final, no pasó de que me negara el acceso a su clase, que me pusiera tarea extra en casa —obvio, de más matemáticas— y que mi madre me regañara.

¡Felicidades a mi papá! Por mucho, el mejor profesor que he tenido.

Por cierto, que puntería tuvo mi madre que un día como hoy pero hace ya varios años, varios, le dio como regalo el nacimiento de mi hermano, feliz cumpleaños carnalito...

Y felicidades a ti hermanita hermosa, que has decidido seguir sus pasos, yo aún tengo esa espinita, y quién sabe… Tal vez algún día me atreva a hacerlo.

viernes, 28 de marzo de 2025

Instrucciones para pelear...

Instrucciones para pelear...

O sea, no es que yo sea el más chingón para dar una cátedra de cómo iniciar una pelea o de cómo pelear por todo, la verdad es que es todo lo contrario. Pero si el título de esto hubiera sido "Instrucciones para no pelear", pues como que no causaría mucho interés que digamos. Lo he intentado, eh, he sido belicón a veces, pero no me sale hacerla de pedo por todo y por nada. Y vaya que tengo ejemplos de sobra para haber sido súper pedero. No es que sea el tipo más zen del mundo y que nada me cause enojo, nada más alejado de la realidad. Sí hay dos, tres cositas que me crispan los nervios y me hacen enojar, pero no me detono y, por lo regular, sucede con cosas inanimadas, como cuando la computadora o el celular no obedecen, o como cuando al cascar un huevito para prepararlo frito, con la yemita líquida para después reventarla con un delicioso pan, esta se desmadra antes de tiempo y, además, el puto cascarón se hace pedacitos y algunos terminan sobre mi huevito, perdiéndose camuflados con la clara, que para ese punto ya comienza a cocerse. Eso sí me emputa nivel Super Saiyajin, pero se me pasa rápido. Seguramente hay otras cosas que me hacen enojar, pero no son tan relevantes y, además, no es lo que quiero contar.

Hoy quiero hablar de esos corajes y pleitos que se dan con algún ser humano: que si con tu pareja, que si con tus hermanos o tus papás, o con los tíos. —Esas con los tíos o tías son las peleas chidas, eh, más con las tías. Las he visto de cerca y se ponen buenas—. O sea, no tiene que ser un pariente, sin embargo, creo que entre más sangre y genes en común haya, la pelea se pone más chula. De esas veces que te dicen una y tú les dices cuatro, y hasta de lo que se va a morir. Yo a veces quisiera saber hacer eso, pero la realidad es que no estoy capacitado y, cuando quise jugarle al león, no me salió. Terminé arrepentido o, a veces, con un sentimiento de culpa y autorreproches porque yo no soy así. Tengo algunas que les quiero compartir para ver si me doy a entender mejor...

Recordé una anécdota del trabajo. Era una junta virtual en tiempos de pandemia, la junta de marketing de los lunes. Varias áreas involucradas para revisar pendientes y estrategias de la semana: que si los de compras, que si los de ventas y los de diseño, o sea, yo. De repente, salió un pendiente que llevaba varios días de retraso. Una directora de una destacada área pedía respuestas a las chicas de marketing y cada vez se ponía más tenso el ambiente. Por más que se le daban razones, la directora no las aceptaba y estaba haciendo que esa reunión fuera muy incómoda, aun siendo virtual. Y justo ahí entro yo, bien seguro, interrumpo y suelto algo así como:

—¡A ver, ya! No vamos a llegar a nada, dejemos de terquear, de hacer drama y pasemos a lo siguiente.

En mi cabeza sonaba bien chingón y muy coherente, pero creo que a la señora no le gustó tanto. Otra chica de su área soltó un firme y contundente:

—¡Saúl, o sea, ubícate! Le estás diciendo terca a una directora.

Y, para hacerlo más dramático, la directora se salió de la reunión diciendo algo así como que ella no estaba para que se le tratara así, entre otras razones, y la junta se terminó por mi culpa. Pero neta que en mi cabeza sonó bien contundente, y un poco quería hacerle notar que ya se estaba extralimitando con sus palabras hacia mis compañeras. Obvio no quedó ahí, eso se platicó en otras áreas. Recibí un correo y una llamada de mi jefa, pero no para regañarme en sí, la sentí como incrédula de que yo hubiera reaccionado de esa manera. Fue algo así como:

—¿Qué? ¿Saúl, Saúl, nuestro Saúl dijo eso? ¿Pues qué pasó? ¿Qué le hicieron?

No me siento orgulloso de esa intervención. Sí me arrepentí y, aunque no pasó a más, sé que no estuvo chido.

Otra que me marcó fue una peleita de familia. No puedo decir mucho al respecto porque es algo muy fresco aún. Solo sé que, por andar de MadreArdiendo y salir a la defensa de una tía, me quedé sin algunos primos. Ella pidió paro, por así decirlo, se sentía vulnerable y amenazada por sus propios hijos. Entonces, yo me sentí bien chingón y con la responsabilidad moral y la obligación de tirar paro a mi indefensa tía. Actué como se hace en estos tiempos modernos: saqué a los rijosos del chat familiar "Los Parientes", les escribí un bonito pero contundente mensaje que seguramente no les gustó y trajo disgustos. Algunos mensajes fueron algo fuertes y, si me preguntan ¿por qué me metí en ese tema?, hoy no sabría dar una respuesta coherente. Me arrepiento bien cabrón de haber actuado con las tripas. Recuerdo mucho que ellos me dijeron algo así como que yo desconocía ciertas cosas y no sabía realmente toda la historia. Y sí, era cierto, no tenía por qué actuar como lo hice. Al final, la tía pudo resolver sus problemas con sus hijos y hoy todo está bien, y eso me da gusto. Nomás yo perdí unos primos y al children me caían muy bien. Tengo muy buenos recuerdos con ellos, muchas risas sin saber tanto de cómo era su vida realmente. Nos veíamos pocas veces al año, pero eso estaba chingón así, hasta que a mí se me ocurrió discutir y ser vengador sin estar capacitado para ello. Una vez más comprobé que el amor de la familia siempre es menos estorboso con la distancia y con el desconocimiento de algunas cositas.

Ahora sí, la peor, de la que más me arrepiento. La pelea más absurda fue con mi mamá. Digamos que, en términos de soportar, no soporté. Decidí ofenderme y hacerme la "vístima", todo por unos tatuajes. Ella tiene ideas muy radicales al respecto, para ser claro, no le agradan nada, y a mí no me gustan, a mi me eeeeeeeeencantan, entonces en una reunión familiar se abordó el tema del elefante tatuado en la sala, o sea, yo con un tatuaje enorme en el pecho y los brazos. Entonces, de repente, por una parte estábamos los tatuados y por otra los no tatuados, y en medio, mi orgullo y mis sentimientos al escuchar a mi jefita y a mis primos con argumentos que no podía procesar. Decidí sentirme mal y decidí sentirme ofendido, y cuando acabó el desayuno y me senté en mi auto, lloré, sentí que no supe defenderme, que debí haber dicho más y mejores argumentos que hasta ese momento me iban llegando. ¿Ya para qué?, eso siempre me pasa, mis mejores respuestas y respuestas a sus posibles respuestas me llegan cuando ya no estoy discutiendo con nadie.
En fin, como ya quedó claro, no soy bueno discutiendo con nadie. Decidí hacerle una carta a mi madre donde le expuse mi sentir por sus palabras y su actuar, pero antes de esto, la evité mucho tiempo, como si hubiera una ley del hielo, y fue muy estúpido de mi parte. Era como si algo dentro de mí me dijera que debía estar enojado y, siendo relativamente muy cercanos mi madre y yo, obviamente que lo notó y me preguntó qué me pasaba, y fue cuando aproveché para enviarle mi carta.
Se los cuento y me dan ganas de llorar porque sé que le dolió mucho que me alejara de ella, no estuvo bien. Así estuve varios meses resistiendo algo que realmente no era mío, yo no soy así, pero no podía soltarlo hasta que un día mi padre tocó mi puerta, había invitado a mis hermanos a una reunión, y él llegó con ellos. Nunca lo había visto tan preocupado, y siendo como es él, fue directo y, de nuevo, se abordó el tema del elefante tatuado en la sala, o sea, yo y mi berrinche de "adulto". Me dijo algo que me dobló por completo: "La jefa es la jefa". Sentí sus ojitos llorosos, y eso que mi papá es de los hombres que no llora, lo he visto así dos veces en la vida.
Me compartió una anécdota que él vivió con su mamá, donde él la hizo sentir muy mal y cómo lo superó, y eso me hizo reflexionar sobre mi actitud y mi comportamiento. Después de eso, fui con mi mamita chula, y ella no dijo nada, solo lloró y me abrazó muy fuerte. No había nada que decir.

Epicteto dijo: "Estamos heridos solo en el momento en que así lo pensamos". Por un lado, uno cree que te pudieron haber hecho algo super hiriente, te maltrataron, te insultaron, te traicionaron o cualquier tipo de ofensa que se te ocurra. Y es como un pensamiento muy válido decir: "¿Cómo no me voy a sentir lastimado?". Y pues puede ser, pero también tampoco.

Existe un pensamiento en la filosofía estoica que es muy válido, que dice que cualquier emoción que tengas te pertenece solo a ti. Nadie te puede hacer sentir enojado, nadie te puede hacer sentir triste, nadie te puede hacer sentir nada en contra de tu voluntad. Esa es una decisión que tú, consciente o inconscientemente, tomas. Es decir, las emociones necesitan de nuestro permiso para existir. Entonces, si yo soy su único amo, son enteramente mi responsabilidad.


Epicteto también dijo: "Si te sientes ofendido, date cuenta de que eres cómplice por el hecho de sentirte ofendido". No es la ofensa lo que te lastima, es lo que tú piensas de la ofensa, lo que realmente te duele.
Hay momentos en que es difícil evitar que nos gane este tipo de mentalidad de víctima y decimos: "¿Por qué voy a asumir la responsabilidad de las acciones negativas que alguien más me hizo?". Pero la respuesta es simple: porque si no asumimos nuestra porción de responsabilidad sobre nuestras emociones, básicamente le estaríamos dando a esa persona las llaves sobre el único poder que realmente tenemos en la vida, el control sobre nosotros mismos, sobre nuestras emociones y nuestros pensamientos. Y eso es algo que no se le debe dar a nadie.

Hoy me siento más capacitado para evitar una pelea absurda. Soy más empático para todo. No sé si esté bien o mal, pero eso me ha permitido ver la vida de otra forma.

Se necesita más energía para mantener un coraje que para dejarlo ir.

Además, esos pinches malos sentimientos y rencores ocupan mucho espacio en nuestro disco duro interno, y no vale la pena.

Lo mejor es no evitarlos, sentirlos… y a la papelera de reciclaje.

Así ahorramos espacio para los buenos recuerdos.


viernes, 14 de febrero de 2025

A propósito del día del amor y la amistad

A propósito del Día del Amor y la Amistad, y después del último relato de mi gran amor y que todos, hasta yo mismo, fuimos team Gaby, pienso que uno va madurando y lo que en un tiempo causó algo de dolor hoy se siente ya muy intramuscular. Pero de que me dejó una gran enseñanza, me la dejó...

Pienso que esta vida es un eterno ping-pong. No es que sea karma o algo así, es simplemente que un día somos víctimas y otras veces victimarios, y nomás hay que tener en cuenta que no es lo mismo ser borracho que ser el cantinero; en ambos frentes se goza y se sufre por igual.

¿Cómo me recordarán los amores con quienes un día me compartí? Sería interesante saberlo. Soy un romántico, apasionado y más intenso que el café. Siento que muchas veces mi severa falta de autoestima me jugó en contra. Si bien siempre fui yo el que inició una plática o una insinuación, casi siempre fue con un salvoconducto de por medio, ya fuera una sonrisa, una mirada o un chisme que me indicara que tenía posibilidades de tener algo más que miradas y sonrisas. Insisto en que mi poca autoestima y mis inseguridades me condicionaron a atesorar el amor o lo que creía que era el amor en casi cada relación que tuve. Pero también lo malgasté, lo sé, y no me siento orgulloso de ello. Algunas veces sí me la volé y fui bastante, pero bastante celoso; toxiquillo desde chiquitillo, intenso y más espeso que el pulque. Otras tantas, apasionado, ardiente, comprensivo, empático, buen conversador y gracioso, pero esas cualidades no justifican lo primero.

Francamente, estoy seguro de que la mayoría de las veces que me rompieron el corazón, que creí haber estado enamorado y que me dolió cuando me dejaron, no fue amor, fue mi ego que se sintió humillado. No sé por qué, pero ese duele más y se siente, y se ve en las acciones que tomamos cuando eso pasa. Porque cuando fue amor de verdad, pues sí dolió lo que tenía que doler y ya está, se supera y listo. El otro no; el ruido que hace el ego lastimado es escandaloso porque el coraje no es con quien nos hubiera botado, es con uno mismo. Y somos crueles con nuestra persona, nos regañamos, nos decimos cosas ofensivas y luego están las preguntas que también lastiman: ¿Qué hice mal? ¿Qué dije? ¿Por qué no estuve más atento? Pero nunca o casi nunca hay respuestas. Pienso que por eso es tan complicado identificar entre ambas.

Hoy comprendo que uno estaría mejor si simplemente aceptara que no podemos hacer que alguien nos quiera o nos ame como nosotros deseamos. Todo sería más fácil, y no solo en el amor pasional de una pareja, sino principalmente con los padres, hermanos o abuelos. Nadie, pero nadie, debería estar obligado a querer a nadie. Pero es imposible aceptar que un padre o una madre no sientan amor por nosotros. Llegar a ese autocontrol y tener ese entendimiento es imposible. A veces hasta creo que se usa de pretexto para ser crueles sin responsabilidad afectiva y para justificar muchas actitudes nocivas: el abuso del alcohol porque ella no me quiere, o “soy así porque mi papá me dejó” o “me drogo porque mi mamá no me quiso”.

He aprendido mucho. He podido identificar muchos patrones y actitudes mías que me hacen ser lo que soy. Sé que haber crecido con muchas inseguridades y falta de autoestima me llevó a atesorar los momentos bonitos y las relaciones, por más efímeras y poco serias que fueran. Tal vez era así porque se sentía chingón encontrar atención y cariño, y como en el fondo sabía que durarían poco, pues intenseaba; no sabía cuándo podría volver a pasar.

Ayer escuché en un pódcast que alguien le preguntaba a gritos a una persona: “¿Qué hay detrás de estar en el gimnasio, de querer ponerse mamado, de estar lleno de tatuajes y poner cara de malo?” Y esa misma voz daba la respuesta: “Hay un niño inseguro, buleado, con poca autoestima. Es lo que proteges con todo eso”.

Me resonó en lo más profundo, me hizo sentir que me hablaba a mí. Reflexioné y entendí que sí, que inconscientemente le puse una protección a ese niño con zapatos ortopédicos que tenían una manguera atada a la cintura. Que el afán de tener tatuajes tan evidentes tal vez obedece a querer distraer la atención de otros defectos e inseguridades tan evidentes; a blindar y a incomodar para evitar algún daño otra vez. Esa voz me hizo sentir vulnerable, me vi descubierto en algo que ni yo sabía que hubiera planeado. Sin embargo, al poco rato me dio paz, y qué chingón saber y conocer el porqué de nuestras actitudes; saber que muchas veces lo que hacemos inconscientemente tal vez es simplemente que la burra no era arisca...