miércoles, 4 de febrero de 2026

Instrucciones para dejar ir...

Instrucciones para dejar ir…
¿Cómo soltar, cómo dejar ir y ya?
Primero que nada es tocar fondo y darse cuenta de ello. Notar que has caído es fácil; cuando ya no haya más piso para arrastrarse, ahí mero es cuando ya estuvo. Tiene que suceder así. Si no pasa, si no es clarito y todavía ves tierrita y espacio para arrastrarte un poquito más, aún no puedes soltar.
Pero no debería ser regla. Esto no está tallado en piedra. Sin embargo, no todos estamos capacitados para saber interpretar las señales y leerlas adecuadamente. Pocos tienen ese súperpoder de que a la primera —a más tardar a la segunda— dicen “bay”, sin mirar atrás, y aplican esa de “si te vi ni me acuerdo”.
Siendo realista, uno no puede ir por la vida desconfiando de todo por un mal rato que algo o alguien nos haga pasar. Al final, todos hemos tenido esos cinco minutos en donde se te queda pegado el flotador y actúas como subnormal, lastimando o haciendo sentir mal a alguien. Y eso no nos convierte automáticamente en malas personas; tan solo es señal de que somos simples seres humanos.
Y tan tan.
Era diciembre de hace algunos años. Fue pasando la Navidad cuando dio sus primeros indicios de que tal vez no debía encariñarme tanto con ella. No lo vi venir. Para mí era algo mágico, algo que había deseado durante mucho tiempo, y me sentía soñado a su ladito.
No es por tirar aceite, pero en donde quiera que se nos veía juntos robábamos miradas. Es muy probable que haya sido más por ella que por mí, pero se sintió bien chingón cada vez que eso pasó.
Una tarde llegó a mí casi por casualidad. La vi y solo pensé: sería increíble estar ahí con ella. Y de repente ya teníamos nuestra primera cita. La ciudad se me hizo chiquita para todo lo que quería recorrer a su lado.
A partir de ese instante, y por varios meses, todo fue espectacular… hasta una tarde de sábado en la que habíamos planeado un viaje de parejas a la playa. La vacación perfecta: un paseo largo por carretera, música, botanas, todo sin prisa. Un deseo que se iba a hacer realidad. Caminar por la orillita del mar con el atardecer de fondo, calma y todo lo que eso conlleva.
Pero ella tenía otros planes.
Solo dijo: “Pues no, mi ciela”
y decidió dejarnos a media carretera.
De cualquier forma, el viaje se hizo. No como lo había pensado, pero lo disfruté un chingo aun sin ella. Solo pensé que su ausencia ya sería problema para después. Hoy, con los años, sin el coraje, con más madurez y mejor inteligencia emocional, puedo decir que ese ha sido el mejor fin de año que he vivido: una fogata, cena improvisada, rodeado de extraños y a la orilla del mar. Algo que jamás he vuelto a experimentar.
La vacación terminó y la cruda realidad me respiraba en la nuca. Por un lado no quería llegar, no quería verla; pero al mismo tiempo algo me impulsaba a hacerlo. La neta es que, en el fondo, yo la necesitaba. Quería arreglar lo que yo no rompí.
Buscamos ayuda en muchos lados. No fue fácil. Hubo muchas opiniones y señales claras de que ya era momento de soltar, pero no las quise ver. Después de tantas vueltas, creí estar ante la solución. Me hizo confiar de nuevo y darle una oportunidad más.
Nos dejamos tantito, con el compromiso de estar bien y de volver. Le di su espacio y su tiempo. Breve, pero se lo di. Y de repente, un día, volvimos a brillar bien chingón.
La ciudad volvió a sentirse chiquita. Yo no cabía en mí con ella a mi lado. Y, en cierto modo, me encantaba su manera de robar miradas, envuelta en ese color azul que la volvía etérea, sublime e inalcanzable para todos… menos para mí.
Poco a poco regresaron los planes, las salidas, las citas. La confianza para ir cada vez más lejitos. Pisar a fondo y dejarme ir, que vida solo hay una.
Surgió la invitación a una boda, muy lejitos. Antes de cualquier cosa pensé en ella. En llevarla, en presumirla en un viaje de fin de semana lleno de planes. Nos compramos garritas para la ocasión, vimos hoteles y paseos. Quemé un disco con rolas bien chingonas para el viaje. Esa semana previa se me hizo eteeeeeeeeerna de la ansiedad por ya estar juntos en carretera.
Por fin se dio. Todo a tiempo. En camino, con mucha ilusión.
—Paramos tantito pasando la caseta.
—No vayas tan rápido.
—Esa canción me gusta, súbele.
Hasta que volvió ese maldito ruido que todo lo bastardea.
Y de la nada, seco y contundente: aquí me quedo.
Ella decidió quedarse en el camino, a nada de llegar a la fiesta.
¿Por qué otra vez en carretera? Fuimos a un chingo de lugares no tan lejanos. Bien pudo hacer su drama cuando íbamos al súper, a las tortillas, hasta al trabajo. Nunca entenderé esas ganas de ponerse difícil lejos de casa, desmadrando un plan tan chingón.
Como en la playa, no pude hacer nada. Tampoco tenía cabeza para buscar una solución. Solo había dos caminos: llegar sin ella o no llegar. No pude dejarla ahí. La regresé con bien.
Aún con el mundo encima, todavía me quedaban ganitas de ir a la boda. Pero todo se puso peor, como si algo lo estuviera impidiendo a gritos. Al final, una vez más —el mismo día, casi en el mismo lugar donde horas antes se me rajó— me tuve que regresar del camino.
Esta vez busqué ayuda, pero ya no con la misma desesperación. Fue más un trámite. Como si me doliera el tiempo invertido y lo gastado, y solo por eso intentara salvar lo poco que quedaba.
Sí, regresamos. Sí, otra vez todo. Pero yo ya estaba esperando el siguiente estrellón. Y de alguna manera pasó. Fue dramático, fuerte, desgastante. Ella como si nada. El daño alrededor fue brutal.
Esa fue la última que le aguanté.
Después de esa sacudida me di cuenta de todo lo que se me estaba yendo. Que el tiempo iba a seguir dándole a fondo y yo iba a seguir ahí, en lo mismo. Siendo honesto, ese último frentazo fue mi culpa. Me distraje en algo sin importancia. Tal vez no fue lo mejor, pero tenía que pasar.
Ese fue el empujón final para dejarla ir.
Como dice Eddie Vedder en Black —que debió llamarse Blue para encajar mucho mejor en este relato—, y eso tomé como consuelo:
“Sé que será una estrella en el cielo de alguien más.”
Pero muchas veces me pregunté lo mismo que él:
¿por qué no pudo ser en el mío?
Sobre todo la última vez que la vi.
Cuando por fin solté y la dejé ir.
Cuando se alejó envuelta en ese azul tan suyo, rodando hasta hacerse pequeñita en la avenida, volviéndose etérea, sublime e inalcanzable para todos…
y ahora también para mí.
No fue un alguien.
Fue un algo, sin alma; sin lealtad ni sentimientos.
Era una Tracker 1995 azul chiclamino.
Y aun así, me costó dejarla ir.
Como diría Albert Camus:
“No ser amado puede ser una simple desventura; la verdadera desgracia es no saber amar”

En el fondo tal vez no estaba hablando de un auto o de una camioneta, al menos no de una en particular...
Como me decía Lalo mi mecánico:“Los fierros no tienen palabra” y francamente creo que algunas personas tampoco.